La medicina y su sombra

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LA MEDICINA Y SU SOMBRA

 

Soy médico, aunque hace mucho tiempo que no intento curar a nadie, ni salvar vidas. Muchos hay que pueden hacerlo mejor que yo, y no pocos de ellos están sin trabajo o subempleados.

 

Soy profesor; formo a futuros médicos o al menos lo intento. Tengo unas tareas docentes encomendadas; intento desempeñarlas de la manera más correcta.

 

Lo que más me importa transmitir no está en el programa oficial, y sólo de tanto en tanto puedo colar algo de esto de rondón, aprovechando alguna conexión que no todo el mundo establece.

 

Este blog, creado y mantenido por amigos y por desconocidos hacia los que me siento afín, me va a permitir hablar de la medicina y su sombra.

 

Utilizo aquí la palabra “sombra” en una doble acepción: la más común, según la cual nada hay en el mundo que en algún momento no oculte la luz, y otra técnica, procedente del lenguaje de la psicología analítica de Carl Gustav Jung, para la que “la sombra” representa –simplificando bastante su significado- lo negado, rechazado, reprimido, por ser tenido por malo, inaceptable, intolerable, de modo que al no enfrentarse a ello crece y adquiere un poder destructivo. La medicina, como toda obra humana, tiene también este tipo de sombra. Y por desgracia la educación que los futuros médicos reciben es demasiado políticamente correcta; es decir, no hace frente a la sombra.

 

Tengo mis ideas acerca de cuándo, cómo y por qué esta sombra comienza a hacerse patente y a enseñorearse de una buena parte del campo; pero prefiero comenzar por algo más concreto, más inmediato, ceñido a nuestro presente y aventurado a mirar hacia el futuro inmediato. Y sobre todo, intentaré evitar un exceso de “opiniones personales”. De hecho hoy voy a limitarme a recomendar una lectura, de la que subrayaré lo que, en esta perspectiva, considero esencial. He aquí la referencia, de título, sumamente explícito:

 

Carl Amery. [1998] Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor. Madrid, Turner/ Fondo de Cultura Económica 2002.

 

¿Comenzó el siglo en el que vivimos en los días de Auschwitz? Nuestro presente, ¿es, de algún modo, la continuación –una continuación larvada, imperceptible- de “aquello”? ¿Puede volver a ocurrir algo de las dimensiones de “aquello”? ¿O quizá no ha dejado de ocurrir? Veamos algunas de las tesis sostenidas en el libro:

 

– Que el Tercer Reich formaba parte de una tendencia evolutiva que surge como muy tarde con la secularización, la industrialización y el auge del “factor productivo ciencia”.

 

– Que al hilo de esta tendencia aparece un nuevo interrogante que no se debatió hasta el siglo XX como predicamento of mankind, como “dilema de la humanidad”, y que en el siglo XXI se convertirá en una cuestión existencial irrefutablemente concreta: la cuestión de las condiciones que requiere la continuidad de nuestra especie en un planeta limitado.

 

– Que Hitler intentó anticiparse a este interrogante y que trató de darle respuesta a través de un programa asesino que ejecutaría un pueblo superior y que pretendía apoyarse en un “reino de mil años”, es decir, en un lapso marcado no por la historia humana sino por el devenir natural.

 

– Que, por una parte, este programa prometía al pueblo superior poder y bienestar a través de una agresión permanente, al tiempo que contrarrestaba la limitación de los recursos del planeta mediante el correspondiente sometimiento y diezmo de los pueblos esclavos.

 

– Que esta tétrica lógica aportó mucho a la capacidad de imposición de las ideas nazis, puesto que desde hacía generaciones la crítica de la civilización de los alemanes (y no sólo ésta) había pasado de esgrimir argumentos y estados de ánimo romántico conservadores a posturas propias del biologismo y del socialdarwinismo, o al menos se vio reforzada por estos.

 

– Que sería una ingenuidad imperdonable presuponer que las próximas décadas y generaciones no pudieran revivir dicho programa, purgado de su craso diletantismo y revestido de un brillo y vocabulario científicos.

 

Encuestas realizadas en los últimos años señalan que los ciudadanos desconfían enormemente de los políticos –lo que, en las actuales circunstancias parece poco reprochable- y ponen a la cabeza de las listas de respetabilidad y credibilidad a los científicos y a los médicos. Y no hay que olvidar que todo el horror que se emblematiza en la palabra “Auschwitz” fue orquestado por discursos científicos –no entro a opinar sobre su validez; por científicos se tenían y eran tenidos por muchos, entre otros por el pueblo que eligió al partido nazi- y médicos. Auschwitz fue, sin duda, la más terrible emergencia de la sombra de la medicina.

 

El caso es que hoy el pueblo llano sigue confiando en los científicos y en los médicos. Me apresuro a señalar que pienso que, de momento, hace bien; pero hay que tener mucho cuidado con lo que esos grupos de seres humanos representan, y que suele enunciarse con respetuosas mayúsculas: la Medicina y la Ciencia. Obsérvese del papel atribuido por Amery a la ciencia, y en concreto a las ciencias de la vida, en la tragedia del siglo XX. Su condición de saber cierto les dotaba, a ojos de la población, en las portadoras del nuevo dogma. Una de las partes más interesantes de la obra de Amery, el capítulo V, lleva por título “El eje, o la reina cruel de toda sabiduría”. En él se trata “la política como programa inspirado en la historia natural”, “el programa eugenésico” y la deshumanización biologicista del enemigo como “el bacilo mortal”. Todo ello, en nombre de “La reina mística de Hitler”: “Pero la instancia última y el eje del pensamiento hitleriano es, por supuesto, la naturaleza, o más bien lo que cree que es. Si en algún punto de Mi lucha cabe escuchar algo así como veneración o temor, o incluso perruna devoción, es en los pasajes en los que apela a esta diosa, “la cruel reina de toda la sabiduría”.

 

Nota bene: En el segundo de los párrafos citados sólo falta, aunque se intuye, la palabra “sostenibilidad”.

 

Luis Montiel

 

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